Temática Ambientación

-Las puertas de los enanos no se hicieron para ser vistas, cuando están cerradas -dijo Gimli-. Son invisibles. Ni siquiera los amos de estas puertas pueden encontrarlas o abrirlas, si el secreto se pierde.

-Pero ésta no se hizo para que fuera un secreto, conocido sólo por los enanos -dijo Gandalf, volviendo de súbito a la vida y dando media vuelta-. Si las cosas no cambiaron aquí demasiado, un par de ojos que sabe lo que busca tendría que encontrar los signos.

Fue otra vez hacia la pared. Justo entre la sombra de los árboles había un espacio liso y Gandalf pasó por allí las manos de un lado a otro, murmurando entre dientes. Luego dio un paso atrás.

-¡Mirad! -dijo-. ¿Veis algo ahora? La luna brillaba en ese momento sobre la superficie de roca gris; pero durante un rato no vieron nada nuevo. Luego lentamente, en el sitio donde el mago había puesto las manos, aparecieron unas líneas débiles, como delgadas vetas de plata que corrían por la piedra.

Al principio no eran más que hilos pálidos, como unos centelleos a la luz plena de la luna, pero poco a poco se hicieron más anchos y claros, hasta que al fin se pudo distinguir un dibujo. Arriba, donde Gandalf ya apenas podía alcanzar, había un arco de letras entrelazadas en caracteres élficos. Abajo, aunque los trazos estaban en muchos sitios borrados o rotos, podían verse los contornos de un yunque y un martillo y sobre ellos una corona con siete estrellas. Más abajo había dos árboles y cada uno tenía una luna creciente. Más clara que todo el resto una estrella de muchos rayos brillaba en medio de la puerta.

-¡Son emblemas de Durin! -exclamó Gimli. -¡Y ese es el árbol de los Altos Elfos! -dijo Legolas. -Y la estrella de la Casa de Fëanor -dijo Gandalf -. Están labrados en ithildin que sólo refleja la luz de las estrellas y la luna y que duerme hasta el momento en que alguien lo toca pronunciando ciertas palabras que en la Tierra Media se olvidaron tiempo atrás. Las oí hace ya muchos años y tuve que concentrarme para recordarlas.

-¿Qué dice la escritura? -preguntó Frodo mientras trataba de descifrar la inscripción en el arco-. Pensé que conocía las letras élficas, pero éstas no las puedo leer.

-Está escrito en una lengua élfica del Oeste de la Tierra Media en los Días Antiguos -respondió Gandalf -. Pero no dicen nada de importancia para nosotros. Dicen sólo Las Puertas de Durin, Señor de Moria. Habla, amigo y entra. Y más abajo en caracteres pequeños y débiles está escrito: Yo, Narvi, construí estas puertas. Celebrimbor de Acebeda grabó estos signos.

-¿Qué significa habla, amigo y entra? -preguntó Merry.

-Es bastante claro -dijo Gimli-. Si eres un amigo, dices la contraseña y las puertas se abren y puedes entrar.

-Sí -dijo Gandalf -, es probable que estas puertas estén gobernadas por palabras. Algunas puertas de enanos se abren sólo en ocasiones especiales, o para algunas personas en particular, y a veces hay que recurrir a cerraduras y llaves aun conociendo las palabras y el momento oportuno. Esta puerta no tiene llave. En los tiempos de Durin no eran secretas. Estaban de ordinario abiertas y los guardias vigilaban aquí. Pero si estaban cerradas, cualquiera que conociese la contraseña podía decirla y pasar. Al menos eso es lo que se cuenta, ¿no es así, Gimli?

-Así es -dijo el enano-, pero qué palabra era ésa, nadie lo sabe. Narvi y el arte de Narvi y todos los suyos han desaparecido de la faz de la tierra.

-¿Pero tú no conoces la palabra, Gandalf? -preguntó Boromir sorprendido.

-¡No! -dijo el mago. Los otros parecieron consternados; sólo Aragorn, que había tratado largo tiempo a Gandalf, permaneció callado e impasible.

-¿De qué sirve entonces habernos traído a este maldito lugar? -exclamó Boromir, echando una ojeada al agua oscura y estremeciéndose-. Nos dijiste que una vez atravesaste las Minas. ¿Cómo fue posible si no sabes cómo entrar?

-La respuesta a tu primera pregunta, Boromir -dijo el mago- es que no conozco la palabra... todavía. Pero pronto atenderemos a eso. Y -añadió y los ojos le chispearon bajo las cejas erizadas- puedes preguntar de qué sirven mis actos cuando hayamos comprobado que son del todo inútiles. En cuanto a tu otra pregunta: ¿dudas de mi relato? ¿O has perdido la facultad de razonar? No entré por aquí. Vine del Este. "Si deseas saberlo, te diré que estas puertas se abren hacia afuera. Puedes abrirlas desde dentro empujándolas con las manos. Desde fuera nada las moverá excepto la contraseña indicada. No es posible forzarlas hacia adentro.

-¿Qué vas a hacer entonces? -preguntó Pippin a quien no intimidaban las pobladas cejas del mago.

-Golpear a las puertas con tu cabeza, Peregrin Tuk - dijo Gandalf Y si eso no las echa abajo, tendré por lo menos un poco de paz, sin nadie que me haga preguntas estúpidas. Buscaré la contraseña. "Conocí en un tiempo todas las fórmulas mágicas que se usaron alguna vez para estos casos, en las lenguas de los elfos, de los hombres, o de los orcos. Aún recuerdo unas doscientas sin necesidad de esforzarme mucho. Pero sólo se necesitarán unas pocas pruebas, me parece, y no tendré que recurrir a Gimli y a esa lengua secreta de los enanos que no enseñan a nadie. Las palabras que abren la puerta son élficas, sin duda, como la escritura del arco.

Se acercó otra vez a la roca y tocó ligeramente con la vara la estrella de plata del medio, bajo el signo del yunque, y dijo con una voz perentoria: Annon edhellen, edro hi ammen! Fennas nogothrim, lasto beth lammen! Las líneas de plata se apagaron, pero la piedra gris y desnuda no se movió. Muchas veces repitió estas palabras, en distinto orden, o las cambió. Luego probó diversas fórmulas, una tras otra, hablando ahora más rápido y más alto, ahora más bajo y más lentamente. Luego dijo muchas palabras sueltas en élfico. Nada ocurrió.

La cima del risco se perdió en la noche, las estrellas innumerables se encendieron allá arriba, sopló un viento frío y las puertas continuaron cerradas. Gandalf se acercó de nuevo a la pared y alzando los brazos habló con voz de mando, cada vez más colérico. Edro! Edro!, exclamó, golpeando la piedra con la vara. ¡Ábrete! ¡Ábrete!, gritó y continuó con todas las órdenes de todos los lenguajes que alguna vez se habían hablado al oeste de la Tierra Media. Al fin arrojó la vara al suelo y se sentó en silencio. En ese instante el viento les trajo desde muy lejos el aullido de los lobos. Bill el poney se sobresaltó, asustado, y Sam corrió a él y le habló en voz baja.

-¡No dejes que se escape! -dijo Boromir-. Parece que pronto lo necesitaremos, si antes no nos descubren los lobos. ¡Cómo odio esta laguna siniestra! Inclinándose, recogió una piedra grande y la arrojó lejos al agua oscura. La piedra desapareció con un suave chapoteo, pero casi al mismo tiempo se oyó un silbido y un sonido burbujeante. Unos grandes anillos de ondas aparecieron en la superficie más allá del sitio donde había caído la piedra y se acercaron lentamente a los pies del risco.

-¿Por qué hiciste eso, Boromir? -dijo Frodo-. Yo también odio este lugar y tengo miedo. No sé de qué: no de los lobos, o de la oscuridad que espera detrás de las puertas; de otra cosa. Tengo miedo de la laguna. ¡No la perturbes!

-¡Ojalá pudiéramos irnos! -dijo Merry.

-¿Por qué Gandalf no hace algo? -dijo Pippin.

Gandalf no les prestaba atención. Sentado, cabizbajo, parecía desesperado, o inquieto. El aullido lúgubre de los lobos se oyó otra vez. Las ondas de agua crecieron y se acercaron; algunas lamían ya la costa. De pronto, tan de improviso que todos se sobresaltaron, el mago se incorporó vivamente. ¡Se reía!

-¡Lo tengo! -gritó-. ¡Claro, claro! De una absurda simpleza, como todos los acertijos una vez que encontraste la solución.

Recogiendo la vara y de pie ante la roca, dijo con voz clara:

-¡Mellon!

La estrella brilló brevemente y se apagó. En seguida, en silencio, se dibujó una gran puerta, aunque hasta entonces no habían sido visibles ni grietas ni junturas. Se dividió lentamente en el medio y se abrió hacia afuera pulgada a pulgada hasta que ambas hojas se apoyaron contra la pared. A través de la abertura pudieron ver una escalera sombría y empinada, pero más allá de los primeros escalones la oscuridad era más profunda que la noche. La Compañía miraba con ojos muy abiertos.

-Después de todo, yo estaba equivocado - dijo Gandalf - y también Gimli. Merry, quién lo hubiese creído, encontró la buena pista. ¡La contraseña estaba inscrita en el arco! La traducción tenía que haber sido: Di "amigo" y entra. Sólo tuve que pronunciar la palabra amigo en élfico y las puertas se abrieron. Simple, demasiado simple para un docto maestro en estos días sospechosos. Aquellos eran tiempos más felices. ¡Bueno, vamos!